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Walter Lippmann… «Cuando todos piensan igual, es que ninguno está pensando»


«Cuando todos piensan igual, es que ninguno está pensando»

La frase es de Walter Lippmann. Este señor era periodista.

Es de principios del siglo veinte… pero es de lo más actual…

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Lippmann no consideraba sinónimos la verdad y la noticia. Para él la función de la noticia es señalar un hecho, la función de la verdad es traer a la luz los hechos ocultos, ponerlos en relación uno con otro, y hacer un cuadro de la realidad sobre el que los hombres puedan actuar.

Pensaba que los ideales democráticos se habían deteriorado, que los votantes eran esencialmente ignorantes sobre las políticas y los temas de debate público, que carecían de competencia para participar en la vida pública y que se preocupaban bien poco de participar en el proceso político.

«manejar a las masas contaminó la democracia y la convirtió en un paliativo… Dar a la gente un medicamento para que se sientan bien y que pueda responder a un dolor inmediato, sin alterar las condiciones objetivas que lo crea…»

Escribió que una clase gobernante debía alzarse para enfrentar esos nuevos desafíos. Veía al público como una gran bestia o rebaño desconcertado que se debatía en el caos de las opiniones locales.

El problema básico de la democracia, escribió, es la exactitud de las noticias y la protección de las fuentes. Sostuvo que la información distorsionada era inherente a la mente humana. La gente toma decisiones antes de definir los hechos, mientras que el ideal sería reunir y analizar los hechos antes de llegar a conclusiones; pues sería posible sanear la información contaminada analizándola primero.

Llamaba un falso ideal al concepto de un público competente para dirigir los asuntos públicos. Comparó la habilidad política de un hombre promedio a la capacidad crítica de un espectador que entrara en el teatro a mitad del tercer acto y se va antes de caer el telón.

Proponía que el «rebaño» de los ciudadanos debía ser gobernado por una clase especializada cuyos intereses fueran más allá de lo local. Esta clase estaría compuesta por expertos, especialistas y funcionarios. Los expertos, a quienes suele referirse como élites, serían una maquinaria de conocimiento que eludiría el principal defecto de la democracia, el ideal imposible del «ciudadano omnicompetente».

Más tarde, reconoció que la clase de los expertos sería también, en muchos aspectos, lega en cualquier problema en particular y, por tanto, incapaz de una acción eficaz…

Una de sus aportaciones más interesantes es la del «consenso manufacturado»…

Él lo consideraba uno de los sesgos cognitivos del falso consenso y se da en sociedades democráticas en las cuales existe de facto y subrepticiamente control sobre la opinión pública. A diferencia de otros métodos de control social (represión, autoritarismo, etc.) en este caso es la publicidad y, más abiertamente, la propaganda, quien consigue que los votantes de una sociedad democrática sean espectadores y consientan ser conducidos por la «intelligentsia» gobernante, todo ello sin necesaria intencionalidad y bajo la apariencia de un consenso democrático.

«Que la «fabricación de un consenso» sea capaz de grandes proyectos es algo que nadie, creo yo, lo niega. El proceso por el cual se plantea una opinión pública no es más complicado de lo que ha aparecido en estas páginas, y las oportunidades para la manipulación abierta ofrece es algo que a cualquier persona que entienda el proceso le es bastante claro […] Una revolución está teniendo lugar, infinitamente más importante que cualquier cambio del poder económico… Bajo el impacto de la propaganda, no necesariamente en el siniestro significado de la palabra, las viejas constantes de nuestros pensamientos se han convertido en variables.»

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Sábado, 23 de septiembre de 2017 Dejar un comentario Ir a comentarios
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